El triste adiós de la defensora de la paz

El triste adiós de la defensora de la paz

EDIITORIAL

Pilar Rivera Ramos/Directora

No solo una madre es capaz de entender qué significa la desaparición de un hijo, tal vez era mejor verlo morir, que no saber más nada de él.

Ha resultado gratificante –dentro de todo el lamento que deja su fallecimiento- ver todo lo que se ha dice, ahora,  sobre la muerte de Mamá Angélica y el gran recuerdo que nos deja. Su incansable lucha ha roto barreras y ha sido la mejor lección de lucha que nos ha dejado esta humilde mujer.

A pesar del dolor con el que nos mordemos los labios surge el tierno rostro, arrugadito, de Mamá Angélica, quien no declinó nunca en su propósito saber qué le pasó a su hijo.

Fue la noche del 18 de agosto, hace pocos días, que se puso de pie para escuchar el veredicto del Poder Judicial donde le confirmaban que, en 1983, su hijo, Arquímedes Ascarza, fue desaparecido por un grupo de militares del cuartel Los Cabitos, en Ayacucho.

Allí, narraron, existía un horno crematorio donde se realizaban ejecuciones extrajudiciales. Eran más de las tres de la mañana y Angélica escuchaba estas palabras con la seguridad que el encuentro con su retoño, estaría cerca.

El Museo de la Memoria expone sus fotografías, allí está la imagen de sus pies trotamundos, y ahí debemos acudir en busca de una razón para acabar con la mala política que conduce este país, ahí nuestros hijos para saber el dolor y la sangre con la que se pasaron los años más difíciles de la historia del Perú. La historia de Mamá Angélica es la única historia que no debemos ni podremos olvidar, jamás.

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