Los poetas nunca mueren

Los poetas nunca mueren

DISCURSO LEÍDO EN LA FERIA DE LIBRO DE JULIACA, JUNIO DE 2016

Artículo dedicado al poeta Luzgardo Medina Egoavil, a raíz de su inesperada desaparición una mañana de enero

(Carlos Rivera)

Ha muerto Luzgardo Medina Egoavil. Se apagó su voz. El corazón le traicionó, ese mismo corazón que era el motor de sus versos. Muchos lo lloramos. La memoria nos dispara al pecho recuerdos del hombre, del poeta, del padre, del amante y del amigo. Estas páginas no tienen tinta, están hechas a punta de lágrimas. Perdonen la tristeza.

Jueves 24 de enero

Ese día Luzgardo Medina Egoavil escribió en su cuenta de facebook un poema en homenaje al reciente fallecido poeta chileno Pedro Lemebel. En el exordio recordaba la lucha y los tránsitos del bardo sureño entregado a la causa de cantarle con sus versos a la sinrazón y a la injusticia. Como una triste premonición escribió:

“Cuando partió el poeta la incolora tristeza fue carcomida por el salitre

Y en lo más alto de la amargura se dibujó, sin prisa, la espada del azar.”

Rápidamente muchos compartieron el poema de Luzgardo. La congoja recorría las redes sociales y parecía que nuestro hermano poeta tenía la inmortalidad física. Su cuerpo era de acero y a prueba de todo. Se atrevía a reclamarle a la muerte el por qué se llevaba a sus cantores.

Sábado 25 de enero

El poeta se comunica con sus amigos en su cuenta Facebook, dicharachea, saluda con la cultura de su modestia, habla con sus hermanos poetas y escritores, con muchachitos iniciándose en estos andares quienes le piden concejos, reparte versos, regala ternura a todos. La humanidad de Luzgardo atravesaba la pantalla fría de cualquier aparato tecnológico.

Muchos amigos aseguran que compartía proyectos, hablaba de sus nuevas publicaciones. Poseía un torrencial activismo, huía de la quietud y de los aspavientos que a algunos los constriñe o extingue sus sueños.

Recuerdo nítidamente que aquella tarde le pedía al poeta un poema de amor para una compilación que intentaba editar en el futuro. Luego de unos minutos de espera Luzgardo me compartió su trabajo el cual agradecí emocionado.

Domingo 28 de Enero

Andrés Luque Ruiz de Somocurcio conductor de un programa Hola Arequipa comparte en su muro de facebook la fatal noticia:

Las letras de duelo.

Lamento comunicar el fallecimiento de Luzgardo Medina Egoavil hace unas horas de un paro cardiaco (…).

Rápidamente la noticia arrasó las pantallas y los tristes rumores de su muerte atormentaban la incertidumbre de quienes lo queríamos y nos parecía imposible la tragedia. Nadie podía creerlo. Minutos después el periodista Jasson Ticona me envía un mensaje de texto y finalmente confirma que Luzgardo nos había dejado.

Lunes 28 de enero

La familia comunica públicamente que el velorio será en la Sala de Arequipeños Ilustres del Museo Histórico Municipal. Se convoca para las 7:00 de la noche. Día nublado, día tristón. Desde las cinco de la tarde de aquel lunes lo esperan familiares, poetas artistas, cantantes, músicos, autoridades, maestros, su promoción del colegio militar Francisco Bolognesi y muchos jóvenes. Unos, sentados en la sillas que se han dispuesto en los ambientes del museo, otros esperándolo mustiamente sentaditos en las gradas de la iglesia San Francisco y en las banquetas de la plaza. Transcurren las horas y en el lugar se forman grupos, unos musitan los recuerdos con el poeta, algunos miran de tanto en tanto la puerta del museo donde saben que descansará unos días, algunos se van a dar una vuelta. Las expresiones son de abatimiento, incomprensión ante la muerte de Luzgardo. Aún están practicándole la autopsia nos dicen.

El poeta José Gabriel Valdivia y el crítico literario Juan Yufra conversan en la puerta del museo con un grupo de personas. En las graderías de la iglesia frente casi a unos 40 metros aguardan su llegada los poetas Luis Ormachea, Grover Annco, el escritor Jimmy Brito, el caricaturista Marcos Alexander Mamani “Marquiño” y una dolida dama que los acompaña y grita cada cierto tiempo con toda su violencia sensitiva Luzgarrrrrrrrdoooooo. Los periodistas van de un lado a otro, se especulan cosas; Jasson Ticona conversa con sus colegas, y de pronto a las 9: 30 p.m. llega el carro de la funeraria y un fuerte grupo de compañeros de promoción del colegio Francisco Bolognesi sale a recibirlo.

Es el momento que nadie quiere sentir y por eso todos nos vamos por los disimulos de no creernos la noticia, de vengarnos de la desventura asumiendo lo irreal de su partida. Queremos engañar a la maldita realidad pero nuestro corazón nos dice que su cuerpo está a pocos metros de nosotros y vamos absortos a su encuentro. Baja el bardo poeta sin solemnidades y acompañado de la comitiva de promoción del Colegio Militar Francisco Bolognesi donde cursara estudios secundarios quienes lo reciben con honor castrense. ¡Luzgardo Medina, presente! dicen varas veces. Los demás seguimos el sequito que carga al trovador paso a paso y vamos caminando santiguando al cuerpo santo con nuestros silenciosos rezos(los creyentes) y con nuestros pecados vividos con él (los agnósticos). Desde las gradas de la iglesia San Francisco se oye la voz del poeta Ormachea mientras el cadáver sigue pasando y grita a la eternidad: “Los poetas nunca mueren”.

Ingresa el ataúd para las ceremonias respectivas de quienes le quieren dedicar su reverencia. Me pierdo entre las gentes y salgo del lugar para apaciguar mi tristeza.

Se anunciaba para día siguiente la declaratoria de Luzgardo como Hijo Ilustre de Arequipa y demás reconocimientos por habernos dedicado su arte y ser amigo del mendigo como del estudiante o del célebre. Me acompañaba en ese momento el editor Cristhian Gorveña y nos sentamos en las sillas acondicionadas en el inmenso auditorio para acompañar el cuerpo.

Algunas damas le dedican canciones otras le recitan versos, el féretro está rodeado de flores y tarjetas infinitas. Todos quieren a Luzgardo, todos lo lloran. Son las 11 de la mañana. Se prepara una breve ceremonia para despedirlo rumbo al Parque de la Esperanza. Entonces José Gabriel Valdivia lee su discurso: pausado, apagando el dolor desde una voz temblorosa pero que nunca se derrumba para decir lo que el deber lo comprometía.

El alcalde Alfredo Zegarra por quien no me une alguna simpatía pero oírlo y evocando el coloquial trato del poeta “Hermanito” y diciendo de corrido ese dolor que compartíamos muchos quiebra mi poca fuerza. En esos ajetreos de gente intentando despedirse del poeta me extravío otra vez. Otra vez estoy solo. Ya vi su rostro marmóreo preparado para la inmortalidad, en silencio en silencio.

Veo entre muchas caras al historiador Hélard André Fuentes Pastor sentado en un lugarcito y trato de acercarme a él pero el remolino de las personas impide llegar a él. Tampoco veo por ningún lado a mi amigo Gorveña. Necesito un rostro, un amigo, unos hombros para llorar. No quiero que mi llanto acabe en el piso o manché alguna de las paredes del museo. Avanzo como puedo hacia el otro patio y veo a muchos pero me son desconocidos. Alguien me saluda y respondo secamente.

Sé que ya no puedo más y cuando estoy a punto de llegar a la puerta aparece frente a mis ojos la poeta Luz Vilca. Me abrazo a ella con todo lo que puedo y lloro. “Se nos fue, se nos fue” alcanza a decirme.

Es la una de la tarde y el ataúd del poeta está a punto de partir hacia su destino. La gente sale a ocupar los buses que la familia ha dispuesto, otros se despiden desde allí del hermano poeta. Se prepara el carro de la funeraria y Luzgardo ingresa con los protocolos debidos.

En el cementerio Parque de la Esperanza se da una misa y luego se dirigen al espacio donde también reposan los restos de su padre donde hacía dos años lo despidiera con poesía. A ese mismo lugar ahora va Luzgardo.

Lo lloran, le toman fotos, y luego lo entierran.

La luz empieza a desaparecer y algunos que recién llegaron le rezan en solitario o le arrojan flores sobre su tumba. Ya todos van a sus aposentos y deberes. Hay una dama joven que acaricia la placa que lleva su nombre sin que nadie lo note: deshoja un clavel y lo esparce sobre su nombre grabado mientras hace pobres figuras con la tierra que cubre la pieza de cemento. Le habla como si lo tuviera cara a cara. Lo llora casi como disculpándose de su demora mientras la tarde se nos escapa y el espíritu del poeta y su memoria empiezan a transfigurarse entre la noche y la eternidad de la estrellas. ¡Los poetas nunca mueren!

Discurso leído en la Feria de Libro de Juliaca, junio de 2016

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